Tendamos puentes hacia un crecimiento futuro vigoroso

5 de octubre de 2023

Texto preparado para la intervención 

 

Excelentísimo señor presidente Alassane Ouattara,

Señor Adama Coulibaly,

Ministros,

Miembros del Congreso,

Miembros del cuerpo diplomático,

Titulares de organismos internacionales,

Distinguidos invitados,

Señoras y señores: Buenas tardes, y gracias por la cálida bienvenida a Abiyán.

Hoy tuve la oportunidad de cruzar el magnífico puente Alassane Ouattara. Este nuevo nexo de transporte no solo es una infraestructura crítica para esta ciudad, sino también un símbolo de la transformación de Côte d’Ivoire: hace más de una década, una economía frágil y afectada por el conflicto; hoy, una de las economías de más rápido crecimiento de África. ¡Ese es el espíritu optimista que necesitamos en todos lados!

Mi presencia aquí se debe a otro nexo importante: el que existe entre África y el FMI. 

La próxima semana tendrán lugar en Marrakech las Reuniones Anuales del FMI, que congregarán a ministros de Hacienda y gobernadores de bancos centrales de 190 países. Su celebración coincidirá con un importante aniversario: se cumplen 50 años desde la última ocasión en que se llevaron a cabo en África, concretamente en Nairobi en 1973. Tan solo unas semanas después de un terrible terremoto, Marruecos reunirá a la comunidad internacional con un espíritu de solidaridad y compromiso para superar los desafíos que afrontamos. Quisiera transmitir al pueblo de Marruecos mis más sinceras condolencias y mi gratitud por acoger con generosidad nuestras reuniones.

En el medio siglo transcurrido desde nuestras últimas reuniones en África, el mundo se ha transformado de muchas maneras: la esperanza de vida ha aumentado, la pobreza mundial se ha reducido, el sistema monetario internacional se ha adaptado a un régimen de tipo de cambio flexible y la tecnología ha cambiado la forma en que trabajamos, disfrutamos del ocio y nos comunicamos. Sin embargo, la desigualdad ha aumentado tanto entre países como dentro de ellos y nos enfrentamos a una crisis climática existencial. Además, el crecimiento lleva una década en una senda descendente. 

Esto nos obliga a adoptar medidas para preparar el terreno para los próximos 50 años. Nuestro objetivo debe ser tender puentes hacia un crecimiento futuro vigoroso que sea sostenible e inclusivo.

Ese es el tema en torno al cual girarán mis palabras hoy y, dado que estamos en Abiyán, en suelo africano, África será mi inspiración. En este continente podemos ver, como si miráramos a través de una lupa, las dificultades a las que se enfrenta el mundo. Pero también vemos un enorme potencial. África posee abundantes recursos, además de energía y creatividad sin límites, y alberga la población más joven y de más rápido crecimiento del mundo entero.

Dicho en pocas palabras, para tener una economía mundial próspera en el siglo XXI, necesitamos prosperidad en África. Las economías avanzadas están envejeciendo rápidamente, pero cuentan con abundante capital. La clave estará en conectar mejor ese capital con los vastos recursos humanos de África, con miras a insuflar más dinamismo a las anémicas perspectivas de crecimiento mundial actuales.

África es también el continente en el que hay más argumentos para reforzar la resiliencia económica. La pandemia de COVID-19, la guerra de Rusia en Ucrania, las catástrofes climáticas, la crisis del costo de vida, la inestabilidad política: estas son las muchas facetas de un mundo propenso a los shocks. Sus efectos están especialmente a la vista en África, pero también es evidente que todos tenemos la necesidad imperiosa de prepararnos mejor para ese mundo.

Para que África sea un continente próspero es preciso mantener abierto el puente más importante de todos, el que conecta a todos los países: la cooperación internacional.

Como diría la gente de Abiyán, “On est ensemble”—“¡Estamos juntos!”. Durante las Reuniones, haremos que esa unión esté cargada de significado para los ciudadanos de nuestros países miembros. 

Perspectivas mundiales: La economía es resiliente, pero se ve amenazada por un crecimiento débil y una divergencia que se acentúa

Comencemos por las perspectivas económicas. La economía mundial ha demostrado una notable resiliencia; el primer semestre de 2023 ha traído consigo algunas buenas noticias, en gran medida gracias a una demanda de servicios inesperadamente vigorosa y a avances concretos en la lucha contra la inflación.

Esto hace más probable que la economía mundial logre ejecutar un aterrizaje suave. Pero no debemos bajar la guardia.

La recuperación tras los shocks de los últimos años sigue su curso, pero es lenta y desigual. Tal como muestran los pronósticos actualizados que presentaremos la semana próxima, el actual ritmo de crecimiento mundial sigue siendo muy flojo, y se sitúa por debajo del promedio de 3,8% registrado en las dos décadas anteriores a la pandemia. Y si damos una mirada a mediano plazo, se vislumbran perspectivas aún más débiles. 

Pero se observan marcadas diferencias en la dinámica de crecimiento de las distintas economías. Estados Unidos da muestra de un ímpetu más enérgico. India y varias otras economías emergentes, entre ellas Côte d’Ivoire, dan buenos augurios. Pero la mayoría de las economías avanzadas están desacelerándose. Y en China la actividad económica se sitúa por debajo de las expectativas, al tiempo que muchas otras economías luchan contra un crecimiento anémico. La fragmentación económica amenaza con socavar más las perspectivas de crecimiento, especialmente para las economías emergentes y en desarrollo, incluidas las del continente africano.

El resultado es una creciente divergencia en la evolución económica entre los distintos grupos de países y dentro de los propios países. Eso se debe en parte a las “secuelas económicas”. Para 2023 estimamos una pérdida acumulada del producto mundial de USD 3,7 billones como consecuencia de los sucesivos shocks ocurridos desde 2020. 

Esta pérdida está repartida de forma desigual entre los países. Estados Unidos es la única de las grandes economías en la que la producción ha retornado a la trayectoria previa a la pandemia. El resto del mundo se mantiene por debajo de la tendencia, y los países de ingreso bajo son los más perjudicados. ¿Por qué motivo? Porque tienen una capacidad extremadamente limitada para amortiguar los efectos de los shocks en sus economías y brindar respaldo a los más vulnerables.

La divergencia también obedece a diferencias en el margen para la aplicación de políticas y en los fundamentos macroeconómicos, en el grado de dependencia de las importaciones de combustibles y alimentos, en la proporción de bienes respecto a la de servicios en la economía, el papel del comercio, el impulso de las reformas y el ritmo de la lucha contra la inflación; todos estos aspectos inciden tanto en las decisiones sobre políticas de los países como en los resultados económicos. Esto lleva a que los países marchen cada vez más por su propio camino.

Políticas para un crecimiento más vigoroso en el futuro

En vista de estas tendencias divergentes, el FMI cumple una importante función a la hora de ayudar a los países a elegir políticas y ejecutar estrategias de crecimiento eficaces. En materia de políticas, son tres las prioridades que se destacan.

Primero, reforzar la estabilidad económica y financiera.

La prioridad máxima es combatir la inflación. La inflación ya está descendiendo en la mayoría de los países, gracias a las contundentes medidas de los bancos centrales y a las políticas fiscales responsables, pero es probable que permanezca por encima de los niveles fijados como meta, en el caso de algunos países hasta 2025. La inflación alta socava la confianza de los consumidores y los inversionistas, erosiona los fundamentos del crecimiento y, sobre todo, perjudica a los más pobres de la sociedad más que a cualquier otro grupo.

Para ganar la guerra contra la inflación es necesario que las tasas de interés permanezcan en niveles más altos por más tiempo. Es primordial evitar una distensión prematura de la política, dado el riesgo de que la inflación vuelva a repuntar. Un nuevo análisis del FMI demuestra la creciente importancia de las expectativas inflacionarias como determinante de las alzas de precios[i]. Las autoridades tienen que comunicar claramente sus objetivos para moldear las perspectivas del público en cuanto a la inflación.

Asimismo, deben salvaguardar la estabilidad financiera. Las expectativas de un “aterrizaje suave” contribuyeron a apuntalar los precios de diversos activos, pero si se trastocan rápidamente —por ejemplo, si la inflación repuntara de manera repentina—, las condiciones financieras podrían endurecerse drásticamente, asestando un duro golpe a los mercados y las economías. 

El crédito más restringido ya está presionando a numerosos prestatarios, como las empresas estadounidenses y europeas que se dedican a los inmuebles comerciales. En China, la tensión constante a la que está sometido el sector inmobiliario es motivo de preocupación. También preocupa el fuerte apalancamiento de algunas partes del sector no bancario.

Los bancos tampoco están exentos de presión, como verán la semana próxima en el Informe sobre la estabilidad financiera mundial[ii].

Además, en este momento nos encontramos ante riesgos significativos en el ámbito fiscal. Para poder enfrentar los shocks futuros y efectuar inversiones vitales, los países deben recuperar el margen de maniobra presupuestario. En la mayoría de los casos, eso significa endurecer la política fiscal, lo cual también podría respaldar la política monetaria cuando las presiones inflacionarias sigan siendo agudas.

Es mucho lo que está en juego, porque los shocks de los últimos años han agravado las cargas de la deuda de numerosos países, entre ellos los de África. Muchos gobiernos se enfrentan a decisiones difíciles porque el espacio fiscal del que disponen es limitado o inexistente y los costos del servicio de la deuda van en aumento. Para fortalecer la credibilidad y recortar los niveles de deuda, deberán fijar las prioridades de gasto y presentar claros planes fiscales a mediano plazo.

Algunos países africanos están reformando los subsidios a la energía para crear espacio para el gasto dedicado al desarrollo. Nigeria, por ejemplo, eliminó hace poco subsidios a los combustibles que el año pasado costaron alrededor de USD 10.000 millones; o sea, el cuádruple del gasto en salud.

A la vez, muchos países necesitan generar un ingreso interno más alto y más fiable. Este es un ámbito en el cual el FMI ha brindado respaldo a alrededor de 150 países miembros en los dos últimos años sin ir más lejos, ayudándolos a mejorar la concepción y la administración de la tributación y fortaleciendo las instituciones relacionadas con la actividad impositiva y a desarrollar los mercados locales de capital. Países como Mozambique, Nepal y Rwanda han demostrado que es posible lograr fuertes aumentos del ingreso nacional.

Esto me lleva a la segunda prioridad de las políticas: sentar las bases para un crecimiento inclusivo y sostenible mediante reformas transformadoras y el desarrollo de instituciones públicas sólidas.

La historia nos demuestra que los países pobres se enriquecen al educar a la gente, al construir infraestructuras sólidas, y al garantizar una gestión de gobierno eficaz que respete el Estado de derecho. Estos componentes no son estáticos: las aptitudes tienen que renovarse; la infraestructura de hoy incluye conectividad digital y sofisticados canales de comercio; y las instituciones están evolucionando. De todos modos, estos siguen siendo los tres pilares para el crecimiento y la prosperidad; para todos los países, pero más aún en aquellos donde es más acuciante la necesidad de generar empleo para poblaciones en rápido crecimiento.

Examinemos más a fondo estos tres pilares.

Ante todo, está la necesidad de invertir en las personas. En el caso de África, esto significa ampliar una educación de buena calidad a todo nivel para que la juventud pueda aprovechar las oportunidades laborales del mañana. También significa incrementar la inversión en la atención de la salud. Aquí mismo, en Côte d’Ivoire, el gobierno está ampliando la inversión en los jóvenes a la vez que toma medidas para diversificar más la economía.

En segundo lugar, está la necesidad de subsanar las brechas de infraestructura, viejas y nuevas. Esto por supuesto significa la infraestructura física básica, como los puentes nuevos aquí en Abiyán. Pero también abarca la construcción de redes viales rurales, la ampliación de la cobertura eléctrica y proyectos de ese tipo.

Y estás inversiones han de incorporar los requisitos de la transición verde. Para esto se precisan inversiones inteligentes en adaptación, infraestructura y tecnología, como por ejemplo mejores sistemas de riego. Y la transición energética brinda oportunidades para un crecimiento vigoroso.

Los proyectos digitales también pertenecen a la categoría de infraestructura. Del mismo modo en que la electricidad impulsó el crecimiento económico en el siglo XX, la digitalización puede impeler el progreso en el siglo XXI. Ofrece a los países africanos la mejor oportunidad para cerrar la brecha.

Y ya se ven numerosos ejemplos reales de esto en la región en los últimos años. M-PESA, el servicio de pago móvil de Kenya, se ha expandido a otros seis países africanos, para incrementar la eficiencia de los pagos y la inclusión financiera. O consideremos Hello Tractor, una plataforma que opera en varios países de África subsahariana y permite a los agricultores alquilar tractores enviando un mensaje de texto, creando así nuevas oportunidades para más personas.

Las empresas emergentes africanas se destacan por sus innovaciones. Una mayor inversión en proporcionar acceso a Internet dará rienda suelta a la creatividad del continente y mejorará los servicios públicos. Durante la pandemia, Togo lanzó un programa de pago digital llamado Novissi que hizo posible el envío de transferencias de emergencia en efectivo a poblaciones necesitadas.

El tercer pilar es la mejora necesaria de la gestión de gobierno y la capacidad del Estado para fomentar el crecimiento inclusivo. Un nuevo análisis del FMI[iii] muestra cuánto podrían lograr los países emergentes y en desarrollo. Un programa de reformas centrado en reducir la burocracia, mejorar la gestión de gobierno y reducir las restricciones al comercio exterior podría incrementar la producción un 8% en cuatro años.

Pondría en esta categoría las reformas necesarias para aprovechar al máximo el potencial del Acuerdo de la Zona de Libre Comercio Continental Africana. Al eliminar barreras comerciales y mejorar y ampliar el entorno comercial, el ingreso per cápita del país africano mediano subiría más de 10%. Una vez que esté plenamente aplicado, el acuerdo convertirá a África en la zona de libre comercio más extensa del mundo, lo que propiciará un notable aumento de los niveles de vida.

Esto me lleva a la tercera prioridad: reforzar la resiliencia colectiva mediante la cooperación internacional.

Justo cuando más la necesitamos, la cooperación se está debilitando. La multiplicación de las barreras al comercio exterior y la inversión están corroyendo los puentes que unen a las naciones.

La fragmentación mundial plantea dificultades especiales para los países emergentes y en desarrollo, que son más dependientes del comercio internacional y cuyas políticas tienen un margen de maniobra más limitado. En comparación con otras regiones, el continente africano es el que sufriría más pérdidas económicas como consecuencia de una profunda fragmentación.

Este es un reto que debemos afrontar juntos.

En ningún otro ámbito es tan evidente la necesidad de cooperación internacional como en el de hacer frente a la amenaza existencial del cambio climático. El mundo tiene la responsabilidad de solidarizarse con los países vulnerables cuando estos encaran shocks que no han sido causados por ellos.

Esta es la razón por la cual el FMI ha creado el nuevo Fondo Fiduciario para la Resiliencia y la Sostenibilidad (FFRS) de USD 40.000 millones, que ofrece financiamiento asequible a largo plazo a economías de ingreso más bajo y a economías de mercados emergentes vulnerables para ayudarlas a acometer reformas climáticas. Ya hemos aprobado once programas, seis de ellos en África, y en uno o dos años serán muchos más.

Tenemos que colaborar también para ayudar a los países a hacer frente a las dificultades relacionadas con la deuda. Una quinta parte de las economías emergentes y más de la mitad de los países de ingreso bajo siguen corriendo un fuerte riesgo de caer en una situación crítica de sobreendeudamiento.

En los últimos meses hemos logrado avances significativos en este ámbito. El Marco Común del G20 para el tratamiento de la deuda está empezando a dar frutos, aunque a un ritmo que todavía es excesivamente lento. Junto con la presidencia india del G20 y el Banco Mundial, hemos establecido la Mesa Redonda Mundial sobre la Deuda Soberana, que reúne a acreedores públicos y privados y a los países prestatarios. Por ejemplo, Chad tardó 11 meses en pasar del acuerdo con el FMI a nivel del personal técnico a lograr la conformidad de los acreedores necesaria para la aprobación del programa; posteriormente, ese proceso le llevó nueve meses a Zambia, seis a Sri Lanka y cinco a Ghana. Nos gustaría que los avances fueran aún más rápidos, ¡pero vamos por buen camino!

No obstante, deben redoblarse los esfuerzos para apoyar a los países emergentes y en desarrollo más vulnerables. Por eso nos urge fortalecer la red mundial de seguridad financiera.

Las reservas de divisas, las líneas de crédito recíproco entre los bancos centrales y los mecanismos regionales de financiamiento ofrecen cierta protección ante las crisis financieras. Pero aproximadamente 100 países emergentes y de bajo ingreso vulnerables, la mayoría de los países africanos entre ellos, carecen de reservas suficientes y de acceso a líneas de crédito recíproco

Es natural entonces que recurran al apoyo del FMI, que es el eje de la red de protección mundial. En muchos casos, el FMI es el “asegurador de los no asegurados”.

Desde la pandemia, hemos distribuido USD 1 billón en forma de reservas y liquidez internacionales a través de nuestros préstamos y de la asignación de derechos especiales de giro (DEG). Hemos proporcionado alrededor de USD 320.000 millones en financiamiento a 96 países. Hemos quintuplicado el financiamiento sin intereses a favor de 56 países de ingreso bajo a través del Fondo Fiduciario para el Crecimiento y la Lucha contra la Pobreza (FFCLP). Y hemos trabajado con los países miembros más fuertes económicamente para canalizar una parte significativa de sus DEG a países más vulnerables, generando aproximadamente USD 100.000 millones en nuevo financiamiento a través de fondos fiduciarios del FMI como el FFCLP y el FFRS.

Sin embargo, la capacidad de concesión de préstamos del FMI como proporción de los pasivos externos mundiales ha disminuido durante las últimas décadas a medida que se expandían los mercados financieros. Y la proporción de recursos obtenidos en préstamo ha aumentado gradualmente. 

Para afianzar este núcleo de la red mundial de seguridad, instamos a los países miembros a reforzar los recursos del FMI procedentes de las cuotas.

También estamos alentando a los países miembros que gozan de una situación más sólida a incrementar el financiamiento para el Fondo Fiduciario para el Crecimiento y la Lucha contra la Pobreza y el Fondo Fiduciario para la Resiliencia y la Sostenibilidad, a fin de garantizar el respaldo a los países miembros más vulnerables.

Un FMI sólido y dotado de recursos adecuados es también un FMI capaz de responder mejor a las necesidades de las economías emergentes y en desarrollo. Ya hemos actuado con decisión para responder a los últimos shocks, pero seguiremos reforzando nuestras herramientas, incluidos nuestros mecanismos precautorios.

El FMI, en el que están representados prácticamente todos los países, desempeña un papel fundamental para aunar a los países, lo que también supone amplificar la voz de los países emergentes y en desarrollo. Espero y deseo que nuestros miembros apoyen la incorporación de un tercer representante africano a nuestro Directorio Ejecutivo.

Continuamos adaptando el apoyo del FMI a las condiciones concretas de cada país miembro, y hemos incrementado nuestra presencia sobre el terreno con una amplia red de oficinas de Representantes Residentes y de centros regionales de capacitación, como aquí mismo en Abiyán.    

Conclusión

Desearía concluir remontándome a 1973, la última vez que las Reuniones Anuales se celebraron en África. En ese entonces, los delegados enfrentaban muchas de las mismas dificultades que tenemos delante hoy: inflación elevada, conflictos y cambios económicos radicales.

En su discurso, el presidente de Kenya, Jomo Kenyatta, declaró que la necesidad de una cooperación eficaz nunca había sido mayor. Y terminó su intervención con una palabra, “Harambee”, que significa “que todos colaboren”.

Con las políticas adecuadas —y con Harambee— podemos tender un puente hacia un futuro más próspero y pacífico. Podemos preparar el terreno para cinco décadas aún más impresionantes que las últimas.

On est ensemble !

 

Gracias.

 

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[i] Perspectivas de la economía mundial de octubre de 2023, capítulo 2: “Gestionar las expectativas: Inflación y política monetaria”.

[ii] Informe sobre la estabilidad financiera mundial de octubre de 2023, capítulo 2: “Identificar bancos débiles: Un nuevo analítico enfoque”.

Departamento de Comunicaciones del FMI
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